
En días recientes hubo dos noticias que abordaron temas relacionados con la ética, el poder y el derecho. El primero fue la publicación a nivel mundial de las memorias del expresidente norteamericano George W. Bush. Una de sus afirmaciones es que no se arrepiente de haber permitido los actos de tortura y las detenciones ilegales de sospechosos de terrorismo porque “salvaron vidas norteamericanas”.
Casi al mismo tiempo el expresidente español Felipe González concedió una extensa entrevista al diario El País en la que afirmó que siendo presidente del Gobierno tuvo la oportunidad de colocar una bomba en Francia que volara a toda la cúpula de ETA, se negó a hacerlo y “todavía no sé si hice bien”.
En Estados Unidos George Bush no ha tenido problema alguno con la opinión pública por ese tema después de dejar el poder. Para los norteamericanos son mucho más importantes la economía y las medidas de seguridad contra ataques terroristas que cualquier consideración ética sobre la tortura o los medios empleados contra enemigos de su país.
En cambio en España se desató una verdadera tormenta mediática recordando que a pesar de que el expresidente no había volado a ETA en esa ocasión, sí permitió la operación de grupos paramilitares que exterminaron a terroristas.
Amplios sectores españoles se indignaron, o por lo menos fingieron indignarse, por el hecho de que “un expresidente democrático y de izquierda hubiese considerado la posibilidad de poner una bomba en territorio extranjero para volar a la cúpula del grupo armado sin mediar un juicio”.
Una posible explicación la podemos encontrar en la profunda diferencia entre la ética protestante norteamericana y la ética católica de los españoles.
Para los protestantes las leyes tienen un fin práctico, en este caso proteger vidas norteamericanas. Si en algún momento las reglas impiden cumplir ese objetivo hay que modificarlas o violarlas. Por ello los norteamericanos han aceptado durante tanto tiempo que su país detenga ilegalmente, torture o ejecute sin juicio a los que considera enemigos. Tampoco tuvieron reparo alguno en lanzar dos bombas atómicas contra población civil indefensa durante la segunda guerra mundial.
Otro elemento de la ética es su énfasis en la fe por encima de las acciones de las personas. De esta manera pueden calificar a George W. Bush como un hombre piadoso, guiado por Dios porque cree en él, aunque sus acciones hayan estado equivocadas, tenían la noble intención de salvar vidas norteamericanas.
El concepto de ser humano, para los protestantes, es mucho más acotado que para los católicos. Cada protestante puede interpretar a la Biblia según su propio entendimiento. La frase “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” puede ser interpretada en sentido literal: “¿De qué color es Dios? Evidentemente no es negro ni musulmán, sino blanco. Por lo tanto ni los negros ni los musulmanes ni los inmigrantes, son hombres. Por lo tanto no tienen derechos ni garantías”.
En cambio para la ética católica dominante en España la interpretación de los textos sagrados no la puede realizar cualquier persona, sino la iglesia católica a través del Papa. Por eso fue tan importante que el Papado reconociera a los indígenas americanos como seres creados con alma por Dios. A partir de ello la Conquista se justificó con el objetivo espiritual de convertir a los indios a la verdadera religión.
Los católicos no reconocieron a los negros como seres con alma, por eso los podían esclavizar sin problemas. Pero actualmente si están reconocidos como tales y son sujetos de todos los derechos religiosos.
Para los católicos lo fundamental no es la relación personal con Dios de cada persona, sino su relación con las reglas que establece la Iglesia o el Estado. Por lo tanto no puede existir el hombre piadoso que se equivoque con buenas intenciones.
La obediencia a las reglas se justifica en sí misma y deben seguirse independientemente de los objetivos de la norma.
El propio Felipe González, en una entrevista para un programa de televisión mexicano, hace ya muchos años, definió a la ética del político como “simplemente el respeto a la letra y al espíritu de la Ley”.