En cualquier parte y todos los días.
Hasta hace muy poco prácticamente en todas las entidades federativas de nuestro país no había delito qué perseguir si el esposo, “en legítimo ejercicio de sus derechos” golpeaba a su mujer y la enviaba al hospital con lesiones, siempre y cuando estas fueran de tal naturaleza que tardaran menos de 15 días en sanar.
No fue sino hasta que las mujeres decidieron salir de sus casas y ganar fuerza y presencia en la vida económica y política de nuestro país que las cosas empezaron a cambiar. Es muy vergonzoso pero si por los hombres fuera, esas leyes contra las mujeres estarían vigentes.
A pesar de que hoy es un delito agredir a la mujer, incluyendo a la cónyuge, se siguen presentando casos de violencia tan extrema como el asesinato. La causa más común son los celos, esa tonta ilusión de que el cónyuge te pertenece para siempre y que parece tatuada en la mayoría de las mentes de hombres y mujeres.
Muchas veces el agresor realiza estos actos en estado de ebriedad o bajo el influjo de las drogas. En algunas ocasiones el asesino se suicida después de cometer el crimen.
Los crímenes de celos no se resuelven simplemente con penas más duras, sino con educación dirigida a los sentimientos.
Cuando una persona se siente dueña de otra, todo tipo de violencia es posible. Cuando la realidad no es como se pensaba empiezan los problemas que pueden desencadenar un crimen.
La equidad de género en derecho empieza por la elaboración de leyes que protejan a las mujeres, pero no termina ahí.
Lo fundamental es avanzar hacia una sociedad educada en la igualdad entre los géneros, pero también en la libertad y en una forma de amor que no sea tan destructiva y violenta como la actualmente dominante en la sociedad.