Si leemos una partida de ajedrez, tal vez aquellas históricas victorias de Capablanca sobre Lasker en el Match de la Habana 1921 o las brillantes proezas del joven noruego y seguro futuro campeón del mundo Magnus Carlsen, quien conozca las sutilezas del juega pueda apreciar su profunda belleza. De igual manera quien sepa matemáticas de alto nivel seguramente quedará extasiado ante las elegantes demostraciones del nuevo genio ruso Grigori Perelman.

Sin embargo quien no tenga entrenado el paladar para disfrutar ese tipo de exóticos platillos seguramente pasará de largo. Lo mismo sucede con el derecho, seguramente habrá abogados que sigan con verdadero deleite las demostraciones lógicas de los mejores magistrados de los Supremos Tribunales y disfruten tanto de un voto negativo basado en un argumento demoledor, como de un gol del mejor crack del Real Madrid.

Esto nos lleva a que en toda creación humana existe belleza y a pesar de las diferencias de cada actividad, tienen en común los siguientes rasgos:

La belleza está asociada al dominio de una actividad. Cuando se alcanza un nivel de maestría muy superior al común, se empieza a crear lo bello.

La belleza también está asociada a la precisión. Tanto en el arte como el deporte la economía de recursos es altamente apreciada. Una operación matemática puede perder su perfección por una operación que pudo ahorrarse.

La belleza está en lo inesperado. Cuando un giro del racionamiento lógico cambia la perspectiva completa de un caso, este giro sorprendente puede considerarse bello.

 

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